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La cáscara y el fruto



LA CÁSCARA Y EL FRUTO

Me parece que estamos en un mundo donde nos hacen comer frutos dañinos cubiertos de  cáscaras, pellejos, decoraciones atractivas.

Pensarán que hablo del mundo de la publicidad comercial.  Sí, pero no solo de eso.

La comunicación humana se realiza a través de los sentidos y los sentidos, claro, lo primero que perciben es la cubierta, la fachada, la apariencia. Fíjense en esa palabra: “apariencia”: lo que aparece, lo primero que se ve, o lo que parece, aunque no sea…

 

Hoy que tanto hablamos de la comunicación humana nos quedamos muchas veces en  la comunicación de apariencias, de lo que está por fuera de las cosas o las personas, pero que demasiadas veces oculta lo de dentro, que a veces es lo contrario.

Eso de que la cara es el espejo del alma... según se mire. Si no se mira con atención, puede que tras un rostro atractivo, amable, esté un interior malo o vacío.

Muchas técnicas publicitarias se apoyan en eso. Para sacarnos el dinero, el voto o el abrazo, nos presentan por fuera una imagen atractiva que no corresponde a su valor interior. Los que trabajan en esto se suelen llamar expertos en imagen. Expertos en cáscaras.

Pero no es problema solo del  marketing, la publicidad sino de toda relación humana.

Seguramente conoceremos casos en que  la apariencia externa de la persona con quien nos relacionamos ha traicionado la realidad; nos ha traicionado a nosotros.

Conocerán casos donde alguien queda deslumbrado por otra persona de imagen o, gestos o palabras atractivas.

Pero cuidado: no tenemos por eso que despreciar la belleza. El mundo fue creado bello: los paisajes, los seres vivos y sobre todo las personas, la mujer y el hombre, somos parte de ese mundo.  Es necesario que seamos sensibles a la belleza, que admiremos y gustemos lo bello del  mundo.

Desgraciadamente, a veces  las personas religiosas, con ese prejuicio de “desprecio del mundo”  no estiman ni admiran la belleza más que cuando es una imagen  religiosa, un templo o una música sacra…  No reaccionan ante la belleza de la naturaleza, de los seres… como reflejan muchos salmos y el cantar de los cantares, que canta el amor y la belleza  de los cuerpos…

Pero por otra parte somos incautos y nos guiamos en la vida por apariencias, por palabras bonitas, por cuerpos atractivos, sin saber adivinar  lo falso, el vacío que pueden  tener en el interior

Muchos, sobre todo jóvenes,  han sufrido decepciones por no saber encontrar la belleza o descubrir la falsedad  por detrás de lo “bonito” qu ven o escuchan.

O, al revés, personas con valores de bondad, fidelidad… aunque con poca “apariencia” han quedado arrinconadas.  No les hicieron caso quienes podía haber recibido de ellas  la amistas, la  sinceridad, la fidelidad, la felicidad.

La clásica película “la bella y la bestia”  es  una parábola sobre esto.

A los educadores, comunicadores, nos corresponde presentar la belleza no como cáscara vacía o falsa,  sino como  puerta de encuentro  con la verdad y la bondad.

Podemos terminar esta reflexión  con  un cuento que acabo de escuchar hace pocos días. No lo contaré con la viveza de mi amiga Ana (1), pero aquí está:

La mentira  iba por la vida adornada con hermoso vestido. Collares, anillos,  pendientes, maquillaje…

La verdad iba por el mundo desnuda. Se reían de ella, se escandalizaban de su presencia,  la apedreaban porque la veían peligrosa para la moral y la paz de la sociedad.

La verdad, fuera de la ciudad, quedó tirada en una cuneta del camino, llorando con desesperación…

A su lado pasó la mentira con su lujoso atuendo y sintió compasión por ella (dicen que hay mentiras piadosas)   y la aconsejó:

-Mira verdad: si quieres ser  aceptada por  la gente, no andes por la vida tan desnuda. Yo puedo ayudarte  a mejorar tu presentación.

La mentira regaló a la verdad algunos de su más bellos vestidos, la puso collares, sortijas… la peinó y maquilló un poquito y la animó; ahora puedes irte, a ver cómo resultas…

Pero cuando la verdad se alejaba embellecida escucho a la mentira que le gritaba. Oye, muchacha, un último consejo:

-Cuando la gente te pregunta quién eres no les digas que eres  la verdad

-¡Pero yo no quiero ser la mentira!, contesto la verdad…

- No, no…  solo tienes que decirles que eres…  ¡la Fábula!.

(1)   Ana G, Castellanos, escritora y cuenta- cuentos.

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Pues que aprendamos a presentar  siempre  la verdad aunque aparezca vestida con la belleza de  la fábula
 



Autor de esta nota: Martin Valmaseda
Este artículo fue editado por última vez en la fecha: 10/02/2009



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